(ejercicio y pasos, paso a paso )
Me empequeñezco ante la inmensidad que nos rodea y saco boleto para un paseo en varias dimensiones. Una vez en viaje, no hay vuelta atras y la silla sobre la que nos sentamos ya no existe más.
Los pasos se suman y pego la vuelta, dibujo un circuito imaginario donde todo es posible, intento no perder el equilibrio
Abro las puertas de la percepción y olfateo ese dulzor fresco que llega cuando se camina despues de la lluvia y la tormenta. Mi nariz se ensancha para poder acaparar todo lo que pueda, pero se queda corta ante la anchura del ventarrón.
Sobre los pastos ya oscuros andan esos bichos que se encienden como lamparas verdes, hacen su recital como acompañando una balada. La caminata re concentrada en los temas del Indio me llevan a encerrarme en la cárcel de mis vacilaciones.
Paso a paso, el suelo se abre a las veredas y pavimentos. Los autos firmes avanzan con sus respectivos conductores atornillados, como si fueran muñecos de cera.
Advierto que las calles de cemento tienen las mismas roturas y quebraduras de toda la vida, los mismos pozos que esquivas, cada vez que pasas, con esa partida al medio.
Podrían pasar mil años y allí están, siempre con el mismo pozo. Tienen la herida expuesta, abierta de par en par, alguien les está haciendo una cirugía a corazon abierto. Mientras nosotros intentamos ocultarla.
La mirada del que anda en bici es más lenta y pausada, por el movimiento leve de su vehiculo. Puede mirarte a los ojos y saludarte. En cambio el motociclista anda con el mandato del apuro y tiene la mirada perdida, tratando de llegar antes que nadie a cualquier parte. Los caminantes, menos apurados pero con la cabeza en sus móviles, parece que estuvieran en otra parte.
Ahora dibujo con mis pasos unas huellas que se borran y atribuladas por estar observando lo que me rodea, doy cuenta de la continuidad terca de las casas que aparecen pegadas, retiradas hacia más atrás. Se abren paso entre las veredas con baldosas flojas y los saltos del terreno. Por momentos el terreno es escarpado, en un subibaja de la tierra, donde las ondulaciones parecen escaladas de una montaña horizontal. No falta el vecino omnipresente afuera tomando mate con la pavita al lado de un gato enorme, que mira suspicaz, así como el comerciante aburrido esperando una venta o la charla distendida entre reposeras. La imponente cancha de césped espera a que sea habitada por los jugadores y su público, mientras su verde es trabajado por algún jardinero.
Ahora la continuidad entrecortada de los vehículos que hacen la reverencia y esperan que de la señal de paso. Ahora los colgantes amarillos vigilan desde el cielo. La señal roja del semáforo detiene y corta cada calle para que se abra una sola mano, y se pierden en el espacio/tiempo. Ya no aparecen más, tragados por el infinito. Hay ciertas calles que nacen del más allá y desembocan acá, donde se ve donde comienza pero no donde termina.
La insistencia y la regularidad de los colores: verde, amarillo y rojo, como un reloj exacto, obligan a seguir las señales como si fueran mandato divino. Siempre están los que adrede se saltan esta regla y pasan en rojo cuando el terreno se avizora sin contrincantes, y con otros vehículos esperando, calculando que el daño será mínimo. Esta osadía puede ser comentada por algún esperante, que ve como la dilatación de su tiempo se ve trastocada cual insulto desproporcionado. El que espera en el semáforo cumple una regla tácita que es evitar la colisión, aunque de mala gana, la respeta en general. Esa espera puede parecer pesadísima si se encuentra llegando “tarde”. Mil años luz pueden pasar desde el rojo al verde y son celebrados por un impulso de aceleración, picando en punta para la próxima largada. Ganó la batalla pero no la guerra y otro semáforo en otro día o en otro lado lo espera pacientemente, listo para repetir el decurso de estos mismos eventos. De repetición estamos hechos.
Ahora la continuidad entrecortada de los vehículos que hacen la reverencia y esperan que de la señal de paso. Ahora los colgantes amarillos vigilan desde el cielo. La señal roja del semáforo detiene y corta cada calle para que se abra una sola mano, y se pierden en el espacio/tiempo. Ya no aparecen más, tragados por el infinito. Hay ciertas calles que nacen del más allá y desembocan acá, donde se ve donde comienza pero no donde termina.
La insistencia y la regularidad de los colores: verde, amarillo y rojo, como un reloj exacto, obligan a seguir las señales como si fueran mandato divino. Siempre están los que adrede se saltan esta regla y pasan en rojo cuando el terreno se avizora sin contrincantes, y con otros vehículos esperando, calculando que el daño será mínimo. Esta osadía puede ser comentada por algún esperante, que ve como la dilatación de su tiempo se ve trastocada cual insulto desproporcionado. El que espera en el semáforo cumple una regla tácita que es evitar la colisión, aunque de mala gana, la respeta en general. Esa espera puede parecer pesadísima si se encuentra llegando “tarde”. Mil años luz pueden pasar desde el rojo al verde y son celebrados por un impulso de aceleración, picando en punta para la próxima largada. Ganó la batalla pero no la guerra y otro semáforo en otro día o en otro lado lo espera pacientemente, listo para repetir el decurso de estos mismos eventos. De repetición estamos hechos.
